ENCUENTRO INTERDISCIPLINARIO SOBRE LA MUERTE

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"La Muerte se ha normalizado"

Escrito por Adriana Goñi Godoy el domingo 14 de junio, 2020.


Soy un manojo de contradicciones. Estar encerrada desde el 6 de marzo por vieja en riesgo me ha producido distintos estados de ánimo y variadas formas de ser y estar.


Debí permanecer acostada cerca de dos meses por la maldita fibromialgia y por inflamación del nervio femoral. No puedo decir que estoy aislada, ya que vivo en una casa interior y mis dos vecinas que habitan la casa grande, amarilla, son desde hace mucho, parte de mi familia elegida con las que comparto un espacioso jardín y un maravilloso parrón cargado de uvas. He salido dos veces de mi casa, una vez al SAPU por bronconeumonía y otra vez al doctor por lo del nervio y los dolores. Tampoco puedo decir que no veo a nadie, porque mis hijos Cristian y Pedro Pablo y mis nietas Paula y el Mati su pareja y la Manuela y también la Amanda, la menor de todas y la Vivi su madre, van y vienen trayéndome lo que necesito de alimentos, medicamentos, cigarrillos y golosinas que taimadamente les hago creer mitigan mi ansiedad.


Ocasionalmente tengo contactos efímeros con vecinos emprendedores que venden pan, traen almuerzos y con repartidores del gas y de la verdulería del barrio, todos enmascarados, de ojos asustados. No es poco contacto presencial, aunque se dé en situaciones de acavengotedejoychao.


Debo confesar que mis hábitos de higiene y salud son deficientes, por pereza y porque bañarme, acicalarme, vestirme pensando en combinar colores no tiene el menor sentido. Es una especie de rebeldía adolescente que reivindica mi derecho a hacer lo que se me dé la gana.


La televisión, las redes sociales, el whatsapp, el correo electrónico me saturaron porque se repiten en ellos las mismas noticias y las reacciones a ellas son de lo más previsibles ya que solo me comunico con personas que piensan igual que yo. A veces me dan ganas de entrar a grupos de ellos, de los que defienden lo que odio y combato, solo para poder enfrentarme y debatir, pero me vence la pereza, que está dominando todos mis espacios, desde el baño a la cocina, al jardín y al computador.


Creo que estoy involucionando, volviendo a una etapa de vieja desgreñada, malhumorada, caprichosa, de aquellas que cualquier tribu abandonaría en un bosque por inútil. Me miro a veces al espejo, no sé para qué, y el reflejo me devuelve un rostro desconocido que no se parece a mí ni a nadie que conozca...


A veces pienso en la muerte, en el contagio, en morir en medio de estertores, pero desecho rápidamente esas imágenes, porque si llega, llega, para que andar convocándola me doy cuenta de que en tiempos de pandemia, en tiempos de miles de muertos en el país, en el planeta, el morir se ha naturalizado, ya es cosa de mala suerte, es como una ruleta en la que apostaste a números perdedores.


También se dan momentos enriquecedores, alegres, felices en medio de la cuarentena. Las reuniones vía zoom o meet con mis colegas y con los hijos de los desaparecidos que proyectamos buscar y encontrar en Copiapó son estimulantes y motivadores y dan sentido a aquello que eres, en lo que te has formado, para lo que eres buena, y sus voces esperanzadas me llenan de propósitos a cumplir.


Creo que hoy me voy a bañar, voy a cocinar un pollo para tenerle a mi hijo cuando tenga un permiso para visitarme, voy a dejar por un momento de angustiarme por mi otro hijo que atiende pacientes de covid, regaré mis plantas, cepillare a mis gatos, leeré otro capítulo de Isla de Pascua, el de Jennifer Vanderves, seguiré mis series de La Ley y el Orden y continuaré con la tarea diaria de construir la memoria de los míos. Porque para eso estoy viva.






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