ENCUENTRO INTERDISCIPLINARIO SOBRE LA MUERTE

El espacio onírico de los muertos

Por Felipe Crocco

De vez en cuando al dormir, hundido en las aguas del sueño, entro por una de sus puertas a un lugar que siento ya he visitado varias veces. Usualmente se presenta como un día soleado otoñal, con luz de sobremesa de domingo. Sus caminos me llevan a un edificio que genera en mí la familiaridad de un lugar que estuvo vivo en colores, sonidos y movimientos hace muchas décadas, pero que cayó en decadencia y fue conquistado lentamente por el polvo.


Evoca una sensación parecida a volver a la casa de los abuelos cuando ya no queda nadie; como si volviera a un local muy querido en su tiempo, del cual sólo quedan sombras, restos de viejos buenos momentos.


Los objetos que allí encuentro me recuerdan a lo que antes ofrecían, ya sea en su quietud polvorienta o en su forma reutilizada: como recipiente, como apoyo, cenicero, poza de reflejos. A veces voy acompañado y se dan comentarios sobre la historia de los objetos que ocupan el foco de mi mirada: “éste servía de pote para la mantequilla”, “aquella era la radio donde ponían los boleros”, “por ahí corría el agua de la acequia”; sus formas siempre evocan verbos pasados. Es una extraña mezcla nostálgica, agridulce, entre lo que era y lo que es; deja ciertas sensaciones intermedias que en su tensión transportan la imaginación más allá de la situación y sus imágenes; llevan a un tercer espacio, invisible.


Este lugar, aunque parece estar al borde del olvido, no está completamente abandonado: hay seres que aún habitan entre sus grietas y le dan otro tipo de vida. El pasto crece entre los pastelones, bichos se refugian en sus grietas, algunos pájaros anidan en las vigas descubiertas. A veces perros y gatos esperan en la penumbra de los parrones del patio trasero. Ahí, junto a ellos, he visto a personas que lucen descoloridas, emaciadas y distantes. Parecieran todos estos seres añorar la vida a color, y a la vez mantienen una especial belleza y calma en el tenue calor que emanan sus cuerpos. En ocasiones hablan, dicen frases crípticas que al despertar parecen no significar nada; algo oculto, tal vez, en las resonancias de sus fonemas.


Cuando sueño con este lugar me traigo a la vigilia estos sentimientos intermedios, ambiguos, del vaivén del pasar del tiempo. Los misterios que ofrece parecen mudos. Muchas veces creo que no hay más que entender que su forma de aparecer: una tarde soleada teñida de memorias, un momento de cola larga, la cálida presencia de las ausencias en las ruinas.


◈◈◈


Dicen que los sueños y la muerte van de la mano, lo que se puede apreciar en distintas culturas. En la antigüedad Griega la relación es estrecha (1): Hipnos, personificación del sueño, es hijo de Nix (la noche) y Érebo (las tinieblas), y hermano gemelo de Tánatos (la muerte). Virgilio situaba su hogar en los Infiernos, Ovidio lo situaba en Cimeria, el país donde jamás sale el Sol. El mito de este país menciona que en él se encuentra, en una cueva, festoneada con adormideras y otras plantas narcóticas (2), la puerta a los Infiernos y que los cimerios pasaban por ser vecinos del país de los muertos.


Así también, los sueños iniciáticos de chamanes en distintas partes del mundo (3) involucran iniciados ya fallecidos que muestran el camino, enseñan los pasajes, las plantas de poder y los roles del curandero en este momento de revelación. En la tradición indígena Mesoamericana los sueños son entendidos como un portal para comunicarse con los antepasados; los sueños del ya iniciado, como especialista cultural, le permiten mediar esta comunicación con los ancestros y obtener información útil para sus búsquedas (4).


Por su parte, los musulmanes (5), sostienen que los sueños establecen la conexión entre la dimensión del mundo cotidiano, con la dimensión de Al-Ghaib (lo oculto) , que abarca los espacios divinos; el futuro, el cielo, el infierno y con ello, podemos imaginar, también sus muertos.


En la tradición del Budismo Tibetano (6), el sueño se puede utilizar como una oportunidad de practicar el camino migratorio de transición entre la muerte, el estado intermedio y la reencarnación. En el llamado Yoga de los Sueños o Los seis Yogas de Naropa, se instruye una práctica que busca desarrollar en el dormir el llamado “cuerpo sutil”, yendo más allá de los sueños y sus imágenes, en búsqueda de la “clara luz”, paso central en este tránsito del ser hacia la vida nueva (7).


En lo cotidiano no es raro haber escuchado relatos de personas que aseguran haber soñado con muertos. Un estudio de Harvard al respecto (8) encontró un 39% de prevalencia en la vida de este tipo de experiencias oníricas en una población de 96 estudiantes. Identificaron distintas categorías o temáticas de sueño que se repetían: entre difuntos que volvían a la vida, otros que aparecían para aconsejar al soñante, otros para perdonar, algunos daban cuenta de cómo es estar muerto. Estos sueños fueron reportados más frecuentemente en personas que se encontraban lidiando cercanamente con temas relacionados a la muerte y la pérdida de seres queridos. Un ejemplo de esto se mostró de manera muy interesante en otro estudio sobre experiencias próximas a la muerte de pacientes terminales (9). En éste se entrevistaron 59 participantes, quienes en su mayoría reportaron haber experimentado al menos un sueño o visión en este período de fin de vida (87%). Casi la mitad de estas experiencias (46%) ocurrieron durmiendo y casi todos (99%) indicaron que se sintieron reales. La más común de estas experiencias incluía amigos y familiares fallecidos (46%). Curiosamente, los sueños que incluían a los fallecidos resultaron significativamente más consoladores que aquellos donde sólo incluían a los vivos. Y más aún, en la medida que estos participantes se acercaban a sus propias muertes, los sueños y visiones consoladoras de sus seres queridos fallecidos se hicieron cada vez más prevalentes.


Es sensato pensar que la relación de una cultura con la muerte podrá influir en el contenido de los sueños de sus participantes y también en la forma que tenga ese pueblo de interpretarlos; así, este tipo de sueños reflejan tal vez la actitud y capacidad de articulación de cada cultura frente a la muerte y las pérdidas. Con ello es difícil definir estas experiencias en cuanto a si son reales o no: esa discusión va más allá de las intenciones de esta reflexión. Considero más pertinente mostrar cómo esta relación entre el sueño y muerte parece estar presente transculturalmente en nuestro mundo, parte de la dimensión de ideas que hablan de lo oscuro, lo oculto, lo profundo, lo oceánico y lo subterráneo. Esto abre preguntas que invitan a explorar nuestro imaginario colectivo local de ese territorio ignoto, el espacio onírico de los muertos.


¿Has soñado alguna vez con el lugar donde habitan los muertos?


Les dejo la invitación a responder la siguiente encuesta:


Referencias

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(1) Grimal, P (1959). Diccionario de Mitología Griega y Romana (6ta Ed). Paidós

(2) Ferrer, S (2013) Interpretación de los Sueños. Mediterráneo

(3) Eliade M. (1951). El Chamanismo y las Técnicas Arcaicas del Éxtasis (2da Ed). Fondo de Cultura Económica, México

(4) Coronado, Gabriel (2016) Comunicación onírica: tensiones interculturales alrededor del valor de lo inmaterial como percepción y conocimiento. Dimensión Antropológica,

(5) Hermansen, M. (2001). Dreams and Dreaming in Islam. In: Bulkeley, K. (eds) Dreams. Palgrave Macmillan, New York.

(6) Varela, F. J. (Ed.). (1997). Sleeping, dreaming, and dying; An exploration of consciousness with the Dalai Lama. Boston: Wisdom.

(7) Gillespie, G. (2002) Dreams and Dreamless Sleep. Dreaming

(8) Barrett, D. (1992). Through a Glass Darkly: Images of the Dead in Dreams. OMEGA — Journal of Death and Dying

(9) Kerr, C. W., Donnelly, J. P., Wright, S. T., Kuszczak, S. M., Banas, A., Grant, P. C., & Luczkiewicz, D. L. (2014). End-of-life dreams and visions: a longitudinal study of hospice patients' experiences. Journal of palliative medicine




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