ENCUENTRO INTERDISCIPLINARIO SOBRE LA MUERTE

"El mapa del silencio" - Crónica de espacios de muerte

Updated: Apr 1


Llaman a Mariana Enriquez “la catadora de cementerios”, y cuando leí su libro, “Alguien camina sobre tu tumba”, no pude evitar sentirme dentro de esos relatos. Leer sobre esculturas eróticas, amuletos, cruces ladeadas, fosas comunes y huesos sin dueño, despertó en mí una obsesión heredada por estos espacios sagrados, por lo que desempolvé mis cuadernos de antaño en donde he registrado mis propios templos y decidí, bajo la consigna de este blog, sumergirme con ella en su fascinación mortuoria y compartir mi propio mapa del silencio.

Cementerio la Chacarita, 2011 / Todos los registros fueron capturados por mi celular de la época.



Aún era niña cuando me di cuenta que necesitaba el silencio para sobrevivir. Soy la menor de una familia de tres hermanas, dos hermanos y padres que están siempre en movimiento: ruido y movimiento. Sin embargo, de mi madre aprendí que el silencio era también energía vital: “la vida puede ser demasiado ruidosa si no la equilibras con silencio” - decía ella; ¿dónde encontrar silencio? - pensaba yo.


Algunos domingos nos llevaban a la iglesia como una práctica de turismo eclesiástico, supongo que buscando sentirse parte de cierta tradición, o quizás para encontrar calma dentro de la estabilidad armónica de las bancas en fila mirando un centro dorado, esperando que las palabras rimbombantes de esa autoridad de lo divino generaran algún tipo de confirmación. Por mi parte, enfocaba mi atención en la reverberación del espacio: los estornudos, las intervenciones incómodas de padres callando a sus hijas herejes, el coro, las voces silenciosas implorando milagros y los imponentes rezos al unísono para conectarse con los santos. Para mí, el eco del espacio infinito fue lo más cercano a una experiencia religiosa.


En el 2011 me mudé a Buenos Aires, la gran capital porteña reconocida por su bohemia y arte. Como toda metrópolis, son pocos los espacios para encontrar silencio. Recorrí parques, líneas del tren, provincias, hasta caminé bajo puentes cercanos a las orillas del río de La Plata, aislándome del ruido y de las personas vivas que, aunque no estuviese en contacto con ellas, igual las sentía como un murmullo constante en mi cabeza. Hasta que llegué a mi primer cementerio: la Chacarita.



Fundado a finales del siglo XIX por causa de la epidemia de la fiebre amarilla, es el más grande de la ciudad y contiene todo tipo de espacio mortuorio: mausoleos, nichos, bóvedas, panteones, osarios y fosas comunes. Dentro de sus atracciones tiene a grandes figuras argentinas, políticos, deportistas y artistas como Cerati, Gilda y Gardel. En su momento estuvieron Pappo y Juan Domingo Perón, a quien trasladaron a la Quinta de San Vicente, casi veinte años después de la profanación de su tumba en la que robaron sus manos, otra historia digna de un capítulo propio dedicado a las sectas, la venganza y la profanación.


Al igual que Mariana cuenta en su libro sobre el cementerio de Recoleta, fascinada por la delicadeza de sus esculturas góticas y la grandeza de su teatralidad, para mí el cementerio de la Chacarita era un auténtica necrópolis donde se podía recorrer con el interés propio de una turista en una capital importante. Hay barrios, leyendas, historia. Cada gremio tiene su panteón, está el de la Asociación Argentina de Actrices y Actores, SADAIC, la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música; hay un ‘Recinto de personalidades’ que agrupa mausoleos de personas históricas, además de muchos hitos arquitectónicos encabezados por arquitectos y arquitectas famosas.

Definitivamente los parques y recovecos de la Chacarita acogieron mi necesidad de silencio. Comencé a ir regularmente a estudiar, leer, dibujar, sentir los ecos subterráneos de las bóvedas gigantes. Es tan grande que pocas veces me topaba con gente. Al único cuidador que conocí lo veía como un espectro que transitaba entre pasillos fúnebres. Algo tienen las personas que trabajan mucho tiempo con los muertos que agarran un aspecto particular, medio pálido, macizo y curvado.


No fue hasta mi última visita que hablamos por primera y última vez. Lo encontré limpiando la tumba de Gilda, la famosa cantante de cumbia local, arraigada en nuestros corazones latinos por sus clásicos “Fuiste” y “No me arrepiento de este amor”. Gilda fue enterrada en la Chacarita tras su trágica muerte en 1996 - un camión embistió al autobús donde viajaba, falleciendo junto a su madre, su hija mayor, tres de sus músicos y el chófer del ómnibus. Antes de su muerte ya se le atribuía la condición de santa popular, pero una vez fallecida se consagró y su tumba se convirtió en un altar santificado donde rezar y entregar ofrendas a cambio de milagros.



No recuerdo bien su nombre, me quedé con la idea de que se llamaba Sergio, pero no sé por qué. Al igual que muchos cuidadores que toman el rol de guías turísticos, me llenó de historias sobre los muertos del lugar. En mi espíritu de joven migrante, confiada y curiosa, me dejé llevar.


Ese día no había casi nadie vivo recorriendo el cementerio. Sólo éramos Sergio, las muertas, los muertos y yo. Me llevó a las fosas comunes, a los mausoleos abiertos, a los osarios de huesos que expiraron su tiempo en tumba, y a su lugar más preciado: su propio altar.


Para llegar había que bajar por un mausoleo abandonado. Mientras descendíamos, cuestioné si caminaba hacia mi propia muerte o hacia algo peor, pero mi curiosidad fue más fuerte y entré igual, mordiéndome la lengua para que no se me notara la desconfianza. Mi abuelita me enseñó esa técnica para que los perros no olieran el miedo y yo la he aplicado a todos los momentos de mi vida en los que me invade una sensación de peligro.


Su altar era una obra impresionante. Parecía un lugar de magia oscura. Había huesos, objetos y joyas. Tenía una colección de dientes, trozos de calaveras y de esas fotos ovaladas con personas viejas, entre vivas y muertas, vampiros con pupilas dilatadas que te siguen con la mirada.


Sergio era un auténtico profanador de tumbas. Me ofreció una mandíbula de la fosa común y una foto de una mujer con los ojos profundos. El relato de Mariana del hueso de François en las catacumbas de París me evocó ese momento, cuando vio el hueso suelto y se lo guardó como un tesoro, lo protegió de la lluvia y le dio un nombre. Yo no pude. Tuve el hueso y la foto en mis manos, pero me ganó la psicosis de tener parte de un muerto desconocido demasiado cerca. Por primera vez sentí el poder del silencio de la muerte. Me abstraje por unos minutos en el eco de sus relatos muertos. La mujer de la foto me advirtió que no me dejaría dormir, la mandíbula menos; dejé ambos amuletos en su lugar, y un frío súbito me advirtió que debía salir de ahí.

Me despedí y partí.


De camino a casa, entendí que el silencio de la muerte es otro tipo de silencio. No es falta de ruido, es un lenguaje distinto. El mensaje está en sus detalles, en los ecos, en la reverberación de los objetos. El paisaje sonoro de los cementerios es un susurro constante que nos recuerda las consecuencias del tiempo.


Fue en la Chacarita donde confirmé mi devoción hacia el mundo de los muertos, y desde ahí comencé el recorrido por la ruta del silencio.


Inka Colla, marzo 2022


Dedicada a mi querida familia de espiritas y amantes de la Muerte.



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