ENCUENTRO INTERDISCIPLINARIO SOBRE LA MUERTE

Estampado en la muerte: Códigos QR y lápidas inteligentes

La historia del código QR está esencialmente vinculada a levantar sistemas de orden y eficiencia; algo como lo que ocurría con el código de barras. Los códigos de barras se popularizaron con el nacimiento del Código Único de Producto –o UPC por sus siglas en inglés— en la década de 1970 como una forma de automatizar el trabajo de los cajeros en supermercados, lo que permitía ahorrar tiempo y evitar el desgaste físico por movimientos repetitivos que provocan el túnel carpiano al introducir los números manualmente. Pero los códigos de barras sólo pueden contener veinte caracteres alfanuméricos, limitando su aplicación a muchos productos. Eso hasta que, en 1994, una filial japonesa de Toyota llamada Denso Wave lanzó el código de "respuesta rápida" –Quick Response en inglés— o QR, que permitía incrustar más información en los objetos. A diferencia del PDF417 y otros códigos de barras 2D anteriores, el código QR descodifica la información mediante sensores de imagen en lugar de utilizar un escaneo lineal, facilitando las interacciones comerciales a corto plazo. No obstante, por su capacidad para ser leídos por teléfonos inteligentes hace que los códigos QR hoy se utilicen vinculados a estructuras físicas de larga duración, asociándolos, incluso, a lugares y superficies que soporten cierta posteridad.

Denso Wave y sus diversos diseños


Codificando un mundo de consumo


Con la posibilidad de leer desde menús de

restaurantes hasta vallas publicitarias de gran magnitud, los códigos QR se han puesto de moda especialmente en la publicidad, donde las empresas los utilizan para atraer a los consumidores a sus sitios web, lo que a su vez permite a esas empresas saber más sobre los compradores al obtener sus historiales de navegación y otros datos digitales. En lugar de limitarse a rastrear los objetos que circulan por el mercado o de vincular a las personas con sitios web a través de anuncios de corta duración, los códigos QR pueden rastrear y cartografiar las redes de relaciones sociales a lo largo del tiempo y vincularlas con contenidos de interés. No obstante, su capacidad para rastrear estas relaciones ha suscitado preocupaciones en materia de privacidad y seguridad, sobre todo por códigos QR que propagan programas maliciosos que facilitan fraudes y robos cibernéticos. Esto levanta la posibilidad de que los códigos QR queden obsoletos, aunque esto no ha sido objeto de suficiente debate.


Pero si bien funcionan con fines comerciales, cuando las campañas publicitarias terminan o una empresa cierra sus servicios, el código QR puede perdurar. De esta manera, el código QR se convierte en aliado de estructuras de larga duración como lo es la arquitectura. Ante eso, ¿Qué significa utilizar los códigos QR como puntos de conexión a largo plazo? ¿Qué ocurre con los objetos digitales cuando pierden su carácter inteligente?



Lápidas inteligentes: ¿el futuro de los cementerios?

Tumbas con códigos QR en El Salvador

El ejemplo de los códigos QR en lápidas y tumbas pueden ofrecer un punto de partida para empezar a pensar en estas cuestiones. Los monumentos funerarios, al fin y al cabo, están construidos con materiales resistentes como el granito y el mármol; materiales que se supone que durarán mucho tiempo. Dada la proliferación de sitios web de conmemoración y el uso de perfiles de redes sociales como espacios de duelo, no es de extrañar que los códigos QR aparezcan ahora en las lápidas, vinculando a los visitantes del cementerio con los homenajes en línea a los muertos. El frenesí de conectividad fomentado por el espíritu de la Web 2.0 ha dado lugar, al parecer, a un mercado de cementerios interactivos y conectados digitalmente.


Como explica el sitio Redfuneraria.com, “se trata de incluir códigos QR en las lápidas para que los familiares y amigos de la persona fallecida puedan escanear este código y así observar una recopilación de imágenes, videos o música personal del difunto”. Estos códigos se imprimen sobre soportes cerámicos que permanecen inalterables a las erosiones climáticas durante 50 años, como también en materiales como granito y metal, y pueden ser de acceso público o privado dependiendo de la elección del cliente. Así, estos monumentos conmemorativos ‘vivos’ se convierten en una ventana a las generaciones futuras para conectar con sus antepasados.

 

Dentro de cincuenta o incluso cien años, la gente podrá escanear códigos QR con sus dispositivos y podrá saber más sobre las personas enterradas.

 

Pero este sistema no solo es un apoyo para los familiares de cierto difunto. Los cementerios inteligentes se consideran desde hace tiempo importantes herramientas prácticas e históricas. Los Sistemas de Información Geográfica (SIG por sus siglas en inglés) permiten el acceso digital a sitios arqueológicos e históricos –entre ellos los cementerios—, lo que sumado al sistema de los códigos QR, los convierten en un medio para proporcionar un análisis espacial de los espacios mortuorios, tanto antiguos como contemporáneos, permitiendo a los usuarios cartografiar y analizar las parcelas de enterramiento, información genealógica y otras características. Así, en espacios como La Paz, un cementerio judío de Uruguay, los códigos QR de cada lápida enlazan a los visitantes con información sobre tumbas concretas, su ubicación, e incluso ver el cementerio a distancia. Los códigos QR en las lápidas prometen el acceso a detalles personales en profundidad sobre la persona enterrada, en lugar de limitarse a generar metadatos.


Límites éticos y ciberseguridad


Pero dado los orígenes y usos comerciales tanto del código QR como del código de barras, su uso en tumbas es rechazado por seres queridos de quienes no quieren ver a sus muertos como mercancías. Por esta razón, algunos especialistas mortuorios consideraran que su presencia visible en los cementerios es molesta o irrespetuosa. Como resultado de estas preocupaciones, en el Cementerio Nacional de Arlington en los EE. UU., se debatió y decidió no incorporar los códigos QR como medio de vincular las lápidas a la información histórica sobre los muertos, planteando no solo cuestiones de propiedad o santidad, sino que también su relación con la privacidad de cada persona.


Expertos en el área legislativa de dicho país han avanzado en la idea de la privacidad digital post-mortem, vinculada la difamación, los derechos de los datos y las situaciones turbias en las que los secretos revelados de una persona muerta pueden infligir dolor o daño a los familiares y seres queridos que aún viven. Los monumentos conmemorativos en línea conectados con códigos QR son un ejemplo de estas preocupaciones por la privacidad. Como ejemplo, en 2008, una empresa japonesa de monumentos conmemorativos llamada Ishinokoe empezó a anunciar códigos QR para las lápidas. Los visitantes que escanearan el código serían conducidos a un sitio web dedicado, repleto de fotografías y otra información sobre el fallecido. Sin embargo, en aras de la privacidad, sólo los miembros de la familia y los amigos con llaves físicas podían acceder al código QR: el código permanecía oculto tras una cámara de piedra cerrada en el santuario físico.


¿Y murieron felices por siempre?


Pero nadie puede predecir cuánto durará una tecnología determinada. Actualmente, los códigos QR dependen del valor persistente del objeto en el que están incrustados e infraestructura primordial que les permita ser reconocidos: el software de visión que detecta y descodifica el código; el mantenimiento de los enlaces o registros de dominio de los sitios web asociados; el funcionamiento continuo de los propios sitios web; e incluso la persistencia de la infraestructura básica de la web. Pero en su encarnación de lápida, también dependen del valor social. Para que el sistema funcione, tanto la persona bajo la lápida como la tecnología que vincula el espacio físico con un monumento digital deben seguir siendo relevantes. El valor de los grandes datos, tanto digitales como análogos, se basa en este tipo de orientación hacia el futuro. Así, el valor de cada pieza dependerá del reconocimiento de mérito en cada caso.


Con todo, el sistema de códigos QR, como muchas otras tecnologías, podría volverse obsoleta y es probable que las lápidas inteligentes marcadas con estos códigos persistan como rastros materiales más que digitales; parecido a los símbolos masones o puritanos que, aunque hayan sobrevivido durante siglos, ahora son indescifrables para quienes no cuentan con experticia en el tema. Pues, ¿Quién sabe? Quizás en los próximos siglos, los curiosos que visiten cementerios se preguntarán qué significan esos extraños cuadrados con dibujos de cada lápida, quién los puso ahí, y en qué pensaban cuando lo hicieron.

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