ENCUENTRO INTERDISCIPLINARIO SOBRE LA MUERTE

Santuarios enlazados: ritos y permanencia en internet

Por Charlie Vásquez


Hay un hilo que se puede conectar entre las huellas que dejan como rastros de su actuar los espectros que habitan cada territorio de la web. Las líneas que forman funcionan como una guía que nos indica revaluaciones en las formas de correspondencia inorgánicas. La trascendencia de internet es inmanente, anclada a una serie de territorios dispersos a escala global expandida. Está en los cables subacuáticos y en el hierro de la sangre, en las torres, la tierra y la piel. La red es mental y subcutánea, obrando en ondas celulares y neuro-eléctricas. Es un espacio de inscripción en el que se registra la hyper cotidianidad; donde se performa y perpetúa la vida. Una zona de proyección donde mora la muerte y su reconsideración. En la red, la muerte se despliega y encuentra un plano de trascendencia diferente que genera nuevos terrenos donde se insertan el fallecimiento y la ritualidad; un replanteamiento donde se manifiestan nuevos mecanismos de relación y evocación.


La muerte, un sistema de realidad autónoma que se actualiza a través de corporalidades ajenas, es una promesa. La cripta que genera la boda entre la red y la muerte es profunda y nos atrae hacia ella, es un vector de dirección constante e implacable. Tiene un lugar para toda persona que, en la comodidad del desecho, entre pésames publicados en libros de visita de páginas web olvidadas y archivos ocultos aún sin descargar, desee habitarla. Toda una virtualidad potencial que lleva acumulando desde que aconteció el primer fallecimiento se ve actualizada en la topología de la interconectividad, moldeando nuestros imaginarios sobre la defunción.


En las redes sociales, los perfiles de gente muerta se vuelven animitas virtuales con las que podemos continuar nuestro luto y desenrollar esa maraña enlazada de sentires complicados que nos genera la situación en una producción constante que se nos escapa de control, porque muchas veces relacionarse con la muerte es buscar un control que se nos fue de las manos o que creímos tener sin que nunca hubiese sido así. Es mirar diferente al resituarnos obligadamente. La gente deja sus mensajes y hace circular contenido antiguo manteniendo viva una conciencia que bit a bit se desvanece. Una vieja historia en Instagram que vuelve a ser compartida una y otra vez; un tuit que resucita y trae a la vida cuando la fecha lo requiere. Facebook incluso tiene la opción de perfiles conmemorativos donde designamos a alguien para que se encargue de nuestra cuenta una vez fallecemos. “Las cuentas conmemorativas son un lugar para que amigos y familiares se reúnan y compartan recuerdos de una persona que falleció” nos dice Zuckerberg.


El cuerpo se ha desmaterializado y ahora nos relacionamos con los restos digitales de un cadáver que ha detenido su proceso de descomposición, haciendo ofrendas a avatares y a fragmentos de identidad, porque esa totalidad es tan parte de la persona como el traje con la que le enterramos. Animitas llenas de selfies, de canciones y videos, de pequeñas curiosidades que complementan una forma de ser y de seguir estando en el mundo. Cada vez que se comparte un contenido, se perpetúa la conciencia anidada de una persona en internet. Hace tiempo que el plano mortuorio ha encontrado una nueva manifestación. Una reproducción viral extendiendo la vida meméticamente, el avatar inorgánico parasitando transeúntes que cruzan las carreteras supersónicas de la red sin mirar a los lados, abriéndose a la experiencia del choque catastrófico. Postear es un conjuro y un acto de fe.


Los posteos que realizamos en honor a quienes nos han dejado o nos están por dejar funcionan como un llamado a una entidad angelical, un mensaje manifiesto en sí mismo. Compartir aquel post viejo que se hizo, aquella foto que subimos, ese contenido que se publicó, esa memoria que nos une, esos trozos de información, ayuda a invocar una esencia que quedó registrada entre ceros y unos, generando un bucle de comunicación con la muerte. Se produce una malla de personas situadas en una cronología desintegrada que no necesariamente se conocen pero que se unen litúrgicamente ante el acontecimiento, extendidas desde un perfil central hacia millones de particularidades que viven en tiempo real una ceremonia perpetua donde se interactúa a través de pequeños actos, de clicks, tecleos y pulsaciones en constante retroalimentación.


Funerales online, duelo comunitario vía Discord, grupos de rememoración en Facebook, ritualismo en Google, ritos en fragmentos de información proyectada e interconectada. La sacralidad del cementerio ha extendido sus capacidades y nos envuelve como un abrigo de sentimientos pulsantes que proyectan visiones de acontecimientos inminentes. Qué mejor ejemplo que la “red social” Recuérdame del Cementerio Metropolitana, planteada como una herramienta gratuita de centralización de la memoria y la honra. Porque a través de los dispositivos la promesa ha encontrado un nuevo lugar para afirmarse; pero, por otro lado, también hemos ganado nuevas perspectivas para entender y relacionarnos con ella. Esta afirmación no ha sido algo solitario que se separa de todo contexto en el que se le pueda encontrar, sino que ha sido una mano que se nos ha tendido amablemente para ofrecernos entendimiento o incluso conciliación, aunque falte este. Porque la muerte ha ocurrido en más de un lugar y el espíritu persiste en las relaciones que creó en terrenos digitales, replicándose en cada interacción, extendiéndose como una voluntad que resiste a través de otras y que hace un llamado hacia una memoria movilizadora, de acción no nostálgica, de encuentro con otras posibilidades.

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